Febrero 13, Mi Cuerpo: el templo del Señor
Mi cuerpo es un templo del Espíritu Santo, redimido y limpiado por la sangre de Jesús.
Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: "El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?" (Hechos 7:48-50)
Dios mora en un templo no hecho por manos de hombres sino por una obra maestra, de acuerdo con un propósito divino. Ese templo es el cuerpo del creyente, redimido por la sangre de Jesucristo. Como Pablo explicó en 1 Corintios 6:13, "Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo". Este versículo habla de comida para el estómago y el estómago para la comida. En Proverbios, dice, "El justo come hasta saciar su alma; mas el vientre de los impíos tendrá necesidad" (Proverbios 13:25). Quienes somos justos no comemos en demasía. ¿Por qué? Porque nuestros cuerpos son el templo de Dios, y no debemos profanarlo con glotonería, embriaguez, inmoralidad, o cualquier otra forma de mal uso. El cuerpo es para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Cuando yo presento mi cuerpo para el Señor, entonces El Señor tiene derecho sobre mi cuerpo.
Vamos a usar esta analogía: Si yo compro una propiedad, soy responsable por su mantenimiento; pero si vivo en una propiedad alquilada, el dueño es el responsable. Si solo dejamos que Jesús tenga un derecho temporal sobre nuestros cuerpos, Él no acepta responsabilidad por su mantenimiento. Pero si Él es el dueño, Él es responsable de mantenerlos. Esa es la relación que Él desea.
Gracias Señor por la sangre de Jesús y la obra de Tú Espíritu Santo. Proclamo que mi cuerpo es un templo del Espíritu Santo y el Señor tiene todo derecho sobre mi cuerpo. Por lo tanto, no lo profanaré con glotonería, embriaguez, inmoralidad, o cualquier otro mal uso. Mi cuerpo es un templo del Espíritu Santo, redimido y limpiado por la sangre de Jesús. Amén.
