Enero 20, Reconociendo nuestros pecados
A través de la sangre de Jesús, todos mis pecados son perdonados.
En el Salmo 32, el Rey David describe su propia experiencia:
Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: "Voy a confesar mis transgresiones al Señor", y tú perdonaste mi maldad y mi pecado. (versículo 3-5 NVI)
Creo que cuando David escribió esto, tenía en mente el episodio con Betsabé, la esposa de Urías el hitita. Fue una situación lamentable en la que él cometió adulterio, y luego asesinato para encubrirlo. David obviamente actúo como muchos de nosotros. Durante mucho tiempo, se había negado a encarar la realidad de su pecado. Trató de ignorarlo.
En los siguientes versículos David añade a esto una aplicación personal:
Por eso los fieles te invocan en momentos de angustia; caudalosas aguas podrán desbordarse, pero a ellos no los alcanzarán. Tú eres mi refugio; tú me protegerás del peligro y me rodearás con cánticos de liberación. (versículo 6-7 NVI)
Nunca es demasiado tarde para confesar nuestros pecados a Dios y buscar refugio en Su salvación. Él nos liberará de nuestros pecados solo si los reconocemos y nos arrepentimos.
Gracias Señor por la sangre de Jesús. Proclamo que, Tú has perdonado la culpa de mi pecado porque estoy dispuesto a confesar cualquier pecado que haya intentado esconder. Tú me proteges del peligro y me rodeas con cántico de liberación. Mediante la sangre de Jesús, todos mis pecados son perdonados. Amén.
