Encuentro con Dios
Salmo 63:1–2; 6
Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche.
Cuán importante es tener su propia revelación personal de Dios, y no depender únicamente de lo que alguien le ha contado o lo que ha leído en un libro o incluso lo que ha oído en la iglesia. Todo eso puede estar bien, pero no es suficiente. Debe llegar un momento en el que usted ve a Dios por sí mismo, cuando llega a conocerlo de primera mano. Cuando usted ha tenido una revelación tal de Dios que nada más podrá satisfacerle aparte de Dios mismo.
David tuvo esa clase de revelación. Él dijo: “Te he visto en el santuario. He contemplado tu poder y tu gloria, y ahora estoy en una tierra seca y árida, pero mi alma te anhela más que al agua. Y aun cuando estoy en mi lecho, mi meditación nocturna eres tú. Tú llenas mi corazón y mi mente, mi imaginación, mi anhelo. Todo el día estoy absorto contigo, mi Dios”.
No hay otra fuente de satisfacción verdadera. Mi alma no encuentra descanso de otra forma. Lo he visto y lo he conocido de tal manera que no puedo olvidarlo, y que ha determinado el curso de mi vida. Ha marcado mis actitudes, mis acciones, mis elecciones, y la forma como camino. Así debe ocurrir en la vida de cada uno de nosotros
