No más bajo condenación

 

Salmo 143:1–3

Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano. Porque ha perseguido el enemigo mi alma; ha postrado en tierra mi vida; me ha hecho habitar en tinieblas como los ya muertos.

 

Aquí el salmista luchaba con una fuerza oscura que nos ataca a casi todos en algún momento: la fuerza de la condenación. Todos tenemos un enemigo, un acusador, uno que busca hacernos sentir culpables, indignos, uno que nos recuerda nuestros fracasos, nuestras fallas, y nuestra indignidad. Y si dejamos que siga hablándonos postrará en tierra nuestra vida. La respuesta es lo que descubrió el salmista. Él buscó a Dios y oró. Y dijo: “oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia”.

Cuando enfrentamos la condenación y nos sentimos indignos, es fundamental que no escuchemos más al enemigo, que nos volvamos a Dios y le pidamos ayuda. Debemos hacerlo no en virtud de nuestra justicia o nuestra fidelidad, sino de la justicia y la fidelidad de Dios. Esta es la salida de la condenación. Ese es el camino de regreso a la victoria.

No pedimos a Dios que entre en juicio con nosotros; le pedimos que nos responda conforme a su justicia y su fidelidad, y cuando hacemos esto somos liberados de ese poder oscuro de la condenación.

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